Blog SAM · Entrada 03
Conteo básico de carbohidratos
La vida es impredecible. Un día parece estar todo bien y al siguiente todo parece derrumbarse. Pero entre todo ese caos inicial, hay una herramienta que marca una gran diferencia: aprender a contar carbohidratos. Esta vez, contado desde dos lugares distintos: el de Vale, y el de Majo junto a Amelia.
1Cuando todo cambia
El debut llega sin avisar
De un día para otro la vida cambia por completo. ¿Lo más duro? Que no solo debes asimilar un diagnóstico que te acompañará el resto de tu vida, ni hacerte la idea de que deberás pincharte más de cinco veces al día para hacer tus actividades de la manera más normal posible. Además, de repente aparecen palabras nuevas, números que antes no significaban nada, controles, insulina, glucómetros, sensores... y una cantidad inmensa de información que parece imposible de asimilar.
Es normal sentirse abrumado, tener miedo y pensar que nunca serás capaz de aprenderlo todo.
Pero con el tiempo vas a ir viendo que, poco a poco, cada concepto empieza a tener sentido. Cada duda resuelta es un paso más hacia la tranquilidad.
2La herramienta
Contar carbohidratos no es solo hacer cálculos
Es ganar libertad, confianza y autonomía. Es entender cómo responde tu cuerpo, tomar decisiones con más seguridad y disfrutar de la comida sin que el miedo sea quien mande.
Y por supuesto esto también incluye algo muy usual en el camino de la diabetes: ensayo y error. Así es, no te sientas mal si un día las cosas no salen como pensabas —a pesar de haber hecho todo correctamente—, es normal. La diabetes hace de las suyas más de lo que quisiéramos, de hecho hay 42 factores externos que pueden afectar la glicemia, pero eso, eso es para otro blog.
Date tiempo, sé paciente contigo y recuerda que aprender no ocurre de un día para otro. Cada pequeño avance cuenta y te acerca a vivir la diabetes con más conocimiento y menos miedo.
3Dos perspectivas
Dos maneras de vivir el mismo caos
El caos inicial con el conteo se ve distinto según el lugar desde el que lo vivas. Pero el fondo —esa sensación de no saber por dónde empezar— es sorprendentemente parecido.
Ni siquiera sabía usar la pesa
Recuerdo perfecto el día en que salimos de la clínica y llegamos a la casa. Fue un verdadero caos mental. De hecho, solo logré hacer una cosa: llorar.
No sabía si debía pesar los alimentos cocidos, crudos, con cáscara... No sabía cómo sumar unos con otros y, para ser honesta, ¡ni siquiera sabía cómo usar la pesa! Me ponía tan nerviosa que descontaba el plato unas cinco veces antes de poner la comida. Y ni pensar que se me pasara un granito de arroz... Era simplemente imposible.
Aprender sin apenas información
A mí me diagnosticaron en 2005, cuando tenía apenas 6 años. En esa época no existían las redes sociales como las conocemos hoy, no había creadores de contenido hablando del tema, ni blogs, ni grupos de mamás intercambiando tips por WhatsApp. Mis papás tuvieron que aprender a contar carbohidratos casi solos, buscando respuestas donde casi no las había.
Recuerdo un cuaderno enorme en la cocina donde mi mamá anotaba cada alimento que yo comía, cuánto pesaba y cómo reaccionaba mi glucosa horas después. Todo a mano, todo a prueba y error, sin ninguna app que ayudara a calcular nada.
Con los años, poco a poco fui tomando yo misma las riendas del conteo. Primero preguntando "¿cuánto es esto?" antes de cada comida, después haciendo mis propios cálculos y pidiendo que alguien los revisara, hasta que un día simplemente empecé a hacerlo sola. Fue una mezcla de miedo y orgullo que todavía recuerdo.
En medio de todo ese caos, llegó el papá de Majo a verla y le dijo: "Cálmate, no puedes seguir viviendo así de estresada... Te hará mal." Y tenía toda la razón. La vida ya había cambiado y no se sacaba nada con enojarse con la pesa ni con la comida. El problema era hacerle entender eso a la señorita ansiedad.
4Paso a paso
De pesar todo a dejar la pesa
Con el tiempo, y gracias al acompañamiento de la nutricionista de nuestro equipo médico, tanto Majo con Amelia como Vale fueron encontrando su propio camino en este mundo del conteo. Los ritmos y los roles fueron distintos, pero el recorrido, sorprendentemente, se parece bastante.
Pesar hasta el gramo
Al principio, Majo se concentró solo en pesar los alimentos hasta llegar a los gramos que Amelia necesitaba en cada comida. Únicamente contaba los carbohidratos que comía todos los días: avena, arroz, maíz, papa y fruta. Vale, por su lado, pasó por lo mismo con su propio cuaderno de anotaciones.
Ampliar el listado
Cuando por fin dominaron ese listado bastante acotado (sí, pobrecita... Amelia no tenía mucha variedad en su alimentación), empezaron a incorporar nuevos alimentos. Y así, paso a paso, se fueron atreviendo cada vez más.
Dejar la pesa
Un par de meses después, la nutricionista le lanzó a Majo un desafío que, en ese momento, le pareció enorme: dejar la pesa. No fue fácil, costó bastante, pero lo logró. Vale había pasado por ese mismo desafío años antes, y sabe bien lo que se siente.
Salir sin tuppers
Cuando por fin se sintieron seguras, dieron otro paso más: empezaron a salir a restaurantes, a cumpleaños y a distintas actividades... sin pesa, sin tuppers con comida. Con una cabeza llena de miedos, sí, pero avanzando y ganando confianza poco a poco.
5Otra mirada
Lo que más costó, para cada una
Después de dejar la pesa, el conteo no se volvió perfecto. Simplemente cambiaron los retos. Y aquí también hay dos historias distintas.
Lo que no tiene tabla nutricional
Para mí, tal vez lo más difícil no fue aprender a pesar o a usar una app, sino calcular los carbohidratos de esas comidas que no tienen tabla nutricional: la sopa de la abuela, el postre casero de una fiesta, el plato que te ofrecen en la casa de un amigo. Ahí no hay etiqueta que revisar, y muchas veces tampoco hay una pesa cerca para ayudarte.
Aunque no es lo ideal, con el tiempo uno se va memorizando las porciones: cómo se ve una taza de arroz sobre un plato, el tamaño aproximado de una papa mediana, cuánto pan hay en un pedazo de torta. No es una ciencia exacta, y vas a fallar varias veces en el camino, pero cada cálculo "a ojo" que haces te deja un poco más de práctica para el siguiente.
Calcular lo que Amelia realmente comió
A mí lo que más me costó fue otra cosa: calcular cuánto había comido Amelia de verdad. Como toda niña pequeña, a veces deja la mitad del plato, otras veces pide repetir, y otras simplemente cambia de opinión a mitad de la comida.
Aprender a leer eso —a ajustar sobre la marcha en vez de quedarme pegada en el número que había calculado antes de sentarla a la mesa— fue tan importante como aprender a contar los carbohidratos en primer lugar.
Con el tiempo aprendí a observar más que a calcular: mirar cuánto quedaba en el plato, en vez de confiar ciegamente en el número inicial, y a corregir sin culpa cuando el cálculo y la realidad no coincidían.
6Un aliado, no un reemplazo
Y hoy también contamos con la tecnología
Para ser justas, hoy también contamos con algo que ni Vale en su debut ni Majo en el suyo aprovechaban tanto: la tecnología. Existen herramientas que ayudan muchísimo con el conteo y que pueden hacer este proceso mucho más sencillo.
Eso sí, siempre vamos a recomendar aprender a contar y estimar los carbohidratos por uno mismo, usando estas aplicaciones o tecnologías como un apoyo, no como un reemplazo. Aun así, pueden convertirse en un gran aliado en muchas situaciones.
7Nos vemos pronto
Cada avance cuenta
Si quieres saber qué tecnologías hemos probado, cuáles usamos y cuáles recomendamos, déjanos un comentario. ¡Feliz hablaremos de ese tema en un próximo blog!
Escrito por Vale y Majo (mamá de Amelia) — las dos detrás de SAM.
👉 Ver video experiencia: cómo pasamos de la pesa a la cuchara, y de la cuchara a la vista.
(Enlace disponible próximamente en nuestras redes)